Por: Ferney Silva Idrobo

Foto Ferney Silva IdroboEn la banca del corredor de su casa, Luciano posaba sus ojos sobre el cerco verde de los cañaduzales que rodean su hogar en el norte del Cauca, 70 años cargaba ya su vida, de todo había tocado, desde sufrir el rigor de la violencia, la tristeza del desempleo, la falta del profesor de la escuela, hasta el calor que producía la compañía amable de su esposa, cincuenta años de matrimonio pero no de esos juntados de hoy, sino de los de verdad, esos que no necesitan papel sino una mirada profunda de pasión, claro!, que con el paso del tiempo se convierte en compasión.

Cuatro hijos, dos muertos en las fiestas de la vereda, sí, de la vereda, esas que cada año hacen en honor a un Santo, pero que al mismo Santo le toca salir porque el licor los vuelve a todos locos y terminan matándose entre amigos y vecinos, raras fiestas, aun así, dicen que no faltarán a las del próximo año.

El gobernante dice que si consume licor se aportan recursos para la Salud, bueno, nunca he entendido para la salud de quien, porque veo a la gente enferma de tantos males nuevos y viejos que no se ha dónde se van los recursos. Debe ser para decir Salud!, pero es solo para quienes con esos recursos construyen viviendas suntuosas, se cansan de comprar autos, viajan por el mundo y colocan gobernantes, si, esos mismos son los recursos que contribuyeron los hijos de Luciano, claro, a ellos los mataron en las fiestas de la vereda. Sin embargo mientras unos van al velorio otros gritan Salud! tomando Whisky.

Le queda una hija que tiene para Luciano 4 nietos, madre soltera y vendedora de cocadas y empanadas, un hijo que hasta hace un año trabajaba de jornalero, al que despidieron porque la finca donde laboraba fue invadida.

Sus reflexiones iban más allá de sus respuestas, pudo ser peor se preguntaba Luciano, mientras miraba el tejado de su casa que estaba a punto de caer.... Al menos se leer, se respondía así mismo; logró que solo llevaba 10 años.

Recordaba Luciano que no tuvo la oportunidad de prepararse ni pasar por la escuela, esta tardó 50 años en llegar a la vereda, claro, le dijeron los políticos que la llevarían en un año, demoró 49 años más de lo previsto. Pero su orgullo era su hija que termino el bachillerato - decía él - sino fuera porque trasladaron a la profesora por cumplir un compromiso político, ella hubiese obtenido unas buenas pruebas del Icfes, hoy hace unas deliciosas empanadas, se conformaba diciéndose el mismo.

Luciano tenía la sabiduría de los golpes, de acostarse sin comer, de los pies descalzos, del nacimiento con partera, de las promesas incumplidas, del terrible dolor de muela donde da cita el odontólogo cada ocho días y le faltan 7. Con esa sabiduría entendió que no valía la pena el refrigerio y beber el día de las elecciones; cuanta hambre padeció y humillación sufrió buscando el cumplimiento de las promesas: de la vía, del trabajo, de la cancha, del estudio.

Luciano arrepentido, sus ojos ya lloraban, en esas, su hijo el desempleado se acerca y lo saca de sus pensamientos, dice – papá!, viene el senador, vamos a la reunión? – con una mirada que solo la furia de Dios puede superar – le Contesta- Para que? – el hijo responde – hay refrigerio, licor y de pronto para que conozca que lo apoyo y esta vez de un empleo – Luciano lo mira con rabia, baja su mirada y con voz tranquila y serena – le contesta - vamos pero ojalá! le compre las empanadas a su hermana.

Luciano se levanta del viejo banco de su casa, se coloca el sombrero y sale tan rápido como su cuerpo lo llevase, con él lo acompañan sus propios demonios aunque ellos no pudiesen ya votar.


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