Los valores 'genuinamente americanos' cuya defensa reclama hoy Donald Trump, esas invocadas tradiciones ancestrales de los descendientes de los rostros pálidos de América del Norte, brotan en realidad de la más silenciada y salvaje limpieza étnica que se ha perpetrado en la Historia: la que emprendieron a finales del siglo XVI los corsarios ingleses, franceses y holandeses, amparados por sus monarquías, sobre las más de 200 naciones amerindias que habitaban lo que hoy es Norteamérica.

Trump contra los pieles roja
Es seguro que sin la patente de corso otorgada por sus reyes y reinas, sin esa burocrática licencia para matar, hombres como Francis Drake o Walter Raleigh hubieran sido unos sin papeles de la época y hubieran pasado a la historia como simples piratas o filibusteros por los saqueos continuados que hacían de los tesoros que, a través del Atlántico, transportaban las carabelas españolas.

Corsarios desgreñados como Donald Trump acopiaron por entonces riquezas ingentes que provocaron una imprevista y súbita acumulación de capital en sus países. Junto a sus ejércitos imperiales, esos corsarios asalariados desbrozaron el suelo americano para que se establecieran legalmente las primeras colonias de hombres blancos, mayoritariamente ingleses, escoceses e irlandeses en las primeras oleadas migratorias.

En ese afán legal por arraigarse a los suelos usurpados, en ese afán por metabolizar lo robado hasta convertirlo en algo de su exclusiva propiedad, reside el más primitivo de los genes de los actuales norteamericanos blancos. Tanto es así que para zafarse de las pretensiones territoriales de Inglaterra y de los tributos que muchas décadas después les seguía exigiendo Londres se alzaron contra su ejército en el siglo XVIII, machacaron a las milicias británicas y de la mano de George Washington se proclamaron independientes, dando a luz un nuevo país esclavista y genuinamente pálido, Estados Unidos.

El derecho a anexionarse los horizontes ajenos quedó plasmado al cabo de apenas un siglo en el exterminio sistemático y definitivo de todas las naciones que habitaban esa América: cheyennes, comanches, sioux, cheroquis, navajos, apaches... Apenas el 1% de los 325 millones de habitantes que hoy tiene Estados Unidos son descendientes de aquellas naciones amerindias, según el censo de 2010. La carta del jefe de los suwamish en 1855 al entonces presidente Franklin solo es un reconocimiento agónico de que Gran Jefe Blanco de Washington había ganado la batalla. El hombre blanco -escribía- "trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto". Y concluía: "La vida ha terminado, ahora empieza la supervivencia".

Los ocurrido con los pieles roja deja a Hitler a la altura de los aprendices y desnuda desde una perspectiva histórica la agenda oculta de Trump: el ejercicio exclusivo de la propiedad de todo un continente por una única raza.

Ese genocidio nunca reconocido es, en realidad, la secreta gran hazaña fundacional del pueblo norteamericano. Los pieles roja fueron desvalijados de sus tierras y sus creencias, arrasados por las locomotoras, acribillados con pólvora, arrojados a los buitres y convertidos en culpables por los guionistas de Hollywood. Sus vástagos supervivientes, insolentes vestigios de aquel pasado sanguinario, están hoy confinados en reservas remotas en las que apenas gozan del privilegio de no pagar impuestos por el alcohol y el tabaco.

Por eso Donald Trump, sin necesidad de haber estudiado la Historia, puede valerse de su huella genética para reproducir, con las modernas herramientas que proporciona la economía de mercado, la limpieza étnica llevada a cabo en el pasado y que él se ha propuesto reanudar en el país que ahora gobierna.

Es difícil que un norteamericano blanco, haya o no votado a Trump, admita que la fundacional ley de la pólvora haya pasado a la historia en su país. Es difícil que los actuales rostros pálidos, hayan o no apoyado a Trump, admitan que su ADN es portador de aquel instinto arbitrario y criminal que calificó de "conquista" la usurpación genocida de todo un continente. Pero su reconocimiento sería un innegable avance evolutivo en la calidad cromosómica de los norteamericanos.

Los ocurrido con los pieles roja deja a Hitler a la altura de los aprendices y desnuda desde una perspectiva histórica la agenda oculta de Trump: el ejercicio exclusivo de la propiedad de todo un continente por una única raza, en este caso por una raza genuina y democráticamente elegida para pilotar el futuro del país. A las cosas se las puede llamar de muchas formas, pero a la política engañosa de hacer creer a toda una comunidad que la única identidad válida es la que te asigna el pasaporte solo se le puede llamar de una manera: limpieza étnica.

Un avezado profesor universitario de Washington me lo explicaba hace un año, cuando Trump era solo una horrorosa sombra, y no la pesadilla que es hoy. Me decía que el aparato político-financiero que se esconde tras el títere que ahora preside Estados Unidos, un influyente músculo propulsado por los multimillonarios hermanos Koch (versión actualizada de los todopoderosos WASP's de la segunda mitad del siglo XX) lleva más de una década planificando el asalto a los cielos de una marioneta ruda y envalentonada como él. Para ello, los Koch y la poderosa red de modernos corsarios filantrópicos que les confían sus fortunas han jugado con el proceloso filo de los sentimientos fundacionales de EEUU, transmitiendo mensajes como estos a los compatriotas netamente blancos: ¿es justo que los especialistas médicos a los que acudimos en Washington o Boston, a los que pagamos con cargo a nuestros seguros privados, sean de origen hindú o paquistaní? ¿Qué hacen los asiáticos en el vértice de las pirámides empresariales, si llegaron aquí para conducir taxis en Manhattan? ¿Es tolerable que sean negros los catedráticos que enseñan a nuestros hijos en las universidades exclusivas que nosotros pagamos? ¿Y que el comercio interior esté en manos de mexicanos y latinos? ¿Es justo que los puestos clave del poder estén ocupados por individuos que jamás pasarían ni la primera de las pruebas de la pureza de la sangre?

Aún más. En esta larga década que los multimillonarios rostros pálidos han dedicado para retomar el timón de la nación han ido más lejos todavía, haciendo creer que la pureza de la sangre la determina la legalidad burocrática que emana del Gobierno, la establece la posesión o no de un pasaporte norteamericano, esto es, la versión actualizada y moderna de las patentes de corso. De tal modo que todos aquellos emigrantes que no son netamente blancos pero han logrado su nacionalidad americana en las últimas décadas se han creído miembros del selecto Club del Rostro Pálido. Se han sentido apelados por el mensaje artificiero de Trump: Vendrán a nuestro país los compatriotas vuestros y os quitarán el empleo; ellos capitalizarán vuestras fatigas y se aprovecharán de vuestro esfuerzo. Vendrán para quedarse, para robaros la identidad, para quedarse con vuestro pasaporte americano.

En el imaginario colectivo de ese inmenso colectivo mestizo, cuya pureza genética norteamericana solo ha sido validada por la asignación de pasaporte, la construcción de un gigantesco muro fronterizo parece la solución más profiláctica. Al fin y al cabo, su construcción no conlleva ningún genocidio explícito.

Además, y eso es lo que no saben los modernos corsarios, el muro no es más que un señuelo para distraer la atención de la verdadera máquina de someter que la marioneta de los hermanos Koch ha puesto en marcha. La miseria, el aislamiento, la precariedad o el hambre a la que otros pueblos y naciones serán arrojados será responsabilidad del proteccionismo comercial, del arsenal economicista neoliberal. Y al señor Liberalismo, que se sepa, no hay Penal Tribunal Internacional que pueda meterlo en la cárcel.





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