El acceso a la tierra es uno de los problemas más graves que enfrentan las mujeres rurales en América Latina y en el mundo, y está en la base de muchos otros problemas “invisibles” para la sociedad. Sus consecuencias abarcan a todas las mujeres y en general, a la humanidad entera y a la naturaleza.

A contrapelo. La tierra para las que la trabajan
Cuentas que no cierran. Se calcula que existen en el mundo mil 600 millones de mujeres campesinas (más de la cuarta parte de la población), pero sólo el 2% de la tierra es su propiedad, y reciben el 1% de todo el crédito para la agricultura (1). En América Latina y El Caribe, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la población rural asciende a 121 millones de personas. El 48% (58 millones) son mujeres que trabajan hasta 12 horas diarias a cargo de la huerta, de los animales, recolectando y cocinando alimentos, criando a niñas y niños, cuidando a personas mayores y a enfermas, entre otras tareas. De los 37 millones de mujeres rurales mayores de 15 años, apenas 17 millones son consideradas parte de la Población Económicamente Activa (PEA), y sólo 4 millones son consideradas “productoras agropecuarias” (cifras muy discutibles ya que consideran como productoras a las que generan mercancías para la venta, negando el aporte a la economía tanto del trabajo doméstico realizado por las mujeres, como las tareas de producción para el consumo propio, familiar y de las comunidades). Nueve millones son indígenas, hablan su propia lengua, y están sujetas a una doble o a veces triple discriminación, por el hecho de ser mujeres, pobres e indígenas (2).
Silvia Ribeiro, investigadora de ETC en México, ha llamado la atención sobre el hecho de que el 70% de la población mundial se alimenta de lo que producen campesinos, pescadores artesanales, huertas urbanas, todo lo que se denomina pequeña producción, pero que sólo disponen cerca del 20% de la tierra. Mientras tanto la publicitada agricultura industrial usa el 80% de la tierra, y el 80% de toda el agua y los combustibles que se usan en la agricultura (3). Esto desmiente los mitos de la “Revolución Verde”, que generó la creencia de que el agronegocio, los transgénicos y el uso masivo de agroquímicos iban a resolver los problemas de la crisis alimentaria mundial. Por el contrario, cada vez está más claro el aporte de la agricultura campesina frente al desafío del hambre de los pueblos, y también el papel de las mujeres en el sostén y reproducción de la misma.

Un estudio profundo sobre el acceso y propiedad de las mujeres a la tierra fue realizado por Magdalena León y Carmen Deere (4). Ahí se evidencia que las mujeres en América Latina, a pesar de ese rol fundamental en la agricultura, poseen menos cantidad de tierra en términos absolutos, y que cuando la poseen, es menos atractiva desde la perspectiva productiva y comercial. Señalan que existen distintas causas, como privilegios de los varones en el matrimonio, preferencia por los hombres en las prácticas de herencia, sesgo androcéntrico en los programas estatales de distribución y titulación de tierras, sesgo de género en el mercado de tierras en el que las mujeres participan de manera marginal, etcétera. Las mujeres trabajan de la mañana a la noche, pero en condiciones de profunda desigualdad y subordinación respecto a los hombres.

El patriarcado impone la división sexual del trabajo, e invisibiliza el trabajo de las mujeres. Escribieron los investigadores Isabel Larguía y John Dumoulin que la familia patriarcal se basa en la división de la vida social

Tomado ecoportal




colombia en guerra

Por Jaime Soto Palma
Periodista de Enlace Regional
06-10-2016. Hasta hoy, y tal vez porque en este país no hay quien quiera imaginarse lo que nos depara el futuro, es que nadie, pero nadie, ha sido capaz de aceptar que el proceso de paz con las FARC se acabó. Así de simple, se acabó. Y claro, a lo mejor otros 10.000 muertos y algo más de 10 años nos tocará esperar para que intentemos de nuevo silenciar por las vías del diálogo y la negociación política los fusiles de la insurgencia. Al menos, para dentro de 10 años, ya habrá el antecedente de que una vez se pudo y que hasta se llegó a firmar un acuerdo de paz con la guerrilla en el que estaba incluido su desarme, el perdón, la reconciliación y la reparación a las víctimas, el cual no pudo concretarse por la soberbia y la intransigencia de Álvaro Uribe Vélez, un megalómano que, secundado por otros y otras tan perversos y enfermos como él, lograron a través del miedo y la desinformación manipular las emociones de una franja importante de colombianos y colombianas que votaron NO en un plebiscito.

Y se acabó, primero, porque la clase política y dirigente del país a la cabeza del presidente de la república no pueden cambiar los resultados del plebiscito; lo NO a lo pactado es un no rotundo y punto, y no tiene efectos ni políticos ni jurídicos, así de simple. Segundo, porque la comisión negociadora de las FARC no está facultada para renegociar ningún punto de lo pactado ya que el acuerdo final tal como quedó había sido aprobado en su totalidad por la máxima instancia de decisión de esta organización que fue la X Conferencia, al no ser, claro, que esta comisión de manera unilateral y, tal vez, por la firme intención de salvarlo, decidiera integrar al acuerdo algunas de las propuestas de quienes promovieron el no, pero eso sí, con el riesgo de ser deslegitimada por una parte importante de su militancia*. Y finalmente porque el uribismo está obligado a quebrar lo sustancial del acuerdo, especialmente el punto 1 que hace referencia a una reforma agraria integral para que se ajuste plenamente a los intereses del sector militarista, de derecha y de extrema derecha del país y en consecuencia mantener viva su credibilidad con miras a las elecciones parlamentarias y presidenciales del 2018.

No tengo la menor duda que el peor error de Santos fue el haberse reunido hoy con el senador Álvaro Uribe Vélez. De entrada, Santos le dio a Uribe todos los argumentos para que cuando retorne el conflicto y arrecie la confrontación tenga como evadir sus responsabilidades y manipule, como siempre lo ha hecho, a una opinión pública cargada de odio. Sin duda una pésima jugada.

*De ocurrir podrían sucederse divisiones internas al interior de las FARC las cuales resultarían catastróficas; nada más que imaginarse una guerrilla desperdigada por todo el país operando de manera diferenciada, sin ningún control ni unidad de mando.





Mónica McWilliams fue parte de las negociaciones del proceso de paz en Irlanda. Ella habló con la red de las mujeres sobre su experiencia como mujer negociadora en Irlanda y sobre lo que ha visto en otros procesos de paz en términos de género.

monica mcwilliaan
Mónica McWilliams fue parte de las negociaciones del proceso de paz en Irlanda. En su trayectoria política y académica ha trabajado por incluir a las mujeres en los procesos de resolución de conflictos. McWilliams habló con la red de las mujeres sobre su experiencia como mujer negociadora en Irlanda y sobre lo que ha visto en otros procesos de paz en términos de género.

Daniela Vargas: Después de ser negociadora en el proceso de paz irlandés, ¿cree que ser una mujer negociando, es diferente de ser un hombre negociando?

Mónica McWilliams:Sí, en efecto las mujeres aportamos temas diferentes, tenemos diferentes intereses, es muy importante que las mujeres estén en las mesas de negociación.

Daniela Vargas: ¿En qué sentido es importante?

Mónica McWilliams:Yo sé por mi experiencia que nosotras planteamos asuntos distintos, nos involucramos en todos los temas.

Es importante decir que las mujeres pueden responder a todo lo que se discute en una mesa de negociaciones, pero traemos un valor añadido: lo que hicimos en el caso irlandés fue hacer el proceso más incluyente, apoyamos a esos que otros no querían ver en el proceso, nos encontramos con ellos a través de canales indirectos o extraoficiales, tuvimos reuniones con combatientes con los que otros no hablarían, interactuamos constantemente con la prensa e hicimos que creyeran que era posible, que podíamos alcanzar un acuerdo.

Daniela Vargas: ¿A qué asuntos distintos se refiere?

Mónica McWilliams:Las mujeres somos muy cuidadosas en poner atención al proceso, a los detalles, pero también a lo sustantivo y traemos nuevos temas, como lo hicieron en Colombia, porque hay cosas que les pasan a las mujeres en el conflicto que no les pasan a los hombres.

Hay algunos daños referidos específicamente al género, algunas violaciones a los derechos humanos, pero también ponemos mucha atención al tema de la equidad, y al desarrollo social, a la salud y la educación en relación con el futuro, a las víctimas, y esos no son asuntos en los que los combatientes o el gobierno se enfoquen particularmente, por todo esto es importante que las mujeres estén en las negociaciones.

DV: Quiero preguntarle sobre algo que precisamente acaba de mencionar, ¿cuál es la diferencia entre las experiencias de las mujeres en conflictos armados y las experiencias de los hombres en estos escenarios?

MM:Son diferentes por una gran variedad de razones. Primero, nosotras luchamos realmente para alcanzar la paz, porque sabemos las penas y el dolor que pagamos cuando hay guerra, perdemos a nuestros hijos, ese es un enorme precio.

También somos las que mantenemos a las familias unidas cuando los hombres son encarcelados.

Estamos acostumbradas a trabajar con la sociedad civil, detrás de bambalinas. No teniendo una voz fuerte dentro de los partidos políticos y en los parlamentos. Yo diría que las mujeres son heroínas en estos procesos de paz y que trabajan muy fuertemente con persistencia y paciencia. Pero también con coraje, toman riesgos y piensan creativamente, creo que las mujeres experimentan la paz y la guerra de maneras muy distintas.

Daniela Vargas: Y también están los crímenes contra las mujeres

MM:Esas son violaciones particulares horrendas que los hombres no experimentan, porque las mujeres pueden ser usadas con frecuencia para esclavitud sexual, secuestro, violaciones, y a menudo el enemigo manda mensajes al otro bando a través de los cuerpos de las mujeres, y eso es lo que vivimos en algunos conflictos terribles.

Y la violencia doméstica tiende a ser un tema particular que experimentan las mujeres dentro de los conflictos, porque hay demasiadas armas, es un patriarcado armado que trae consecuencias terribles para las vidas de las mujeres. Por todas esas razones creo que las mujeres necesitan hacerse escuchar.

DV: En estos escenarios de conflicto armado hay un nivel más alto de tolerancia a la violencia, entones eso incide también en la violencia doméstica.

MM:Cuando hay violencia por todas partes, tú lo empiezas a aceptar, se hace normal y desafortunadamente también se trata de una cultura de pensamiento, entonces son ambos: conflicto y cultura que se combinan para decirle a las mujeres “este es tu lugar, esto es lo que tú tienes que soportar”.

Y aquí es cuando el movimiento de mujeres ha dicho: esto es un crimen, y ha pedido a la policía poner atención de la misma forma en que están poniendo atención a los crímenes relacionados con el conflicto político.

A menudo la policía no responde a los crímenes contra mujeres de la misma forma que responden al terrorismo político, y para las mujeres esa violencia puede ser espantosa, otra forma de terrorismo. Por eso es muy importante que las mujeres que experimentan estos abusos se conviertan en las expertas del tema, usen sus voces y digan “esto es lo que me pasó, y es por eso que no quiero que le pase a otros”, y puedan hacer recomendaciones.

DV: El acuerdo de paz en Colombia tiene el enfoque de género incluido en todo el documento, en casi todos los aspectos.

¿Cree que un proceso de paz realmente puede cambiar la situación o rol social de las mujeres?

MM:Bueno, he visto eso pasar aquí, lo cual es increíble.

Las mujeres jugaron un rol enorme en este proceso, desde la sociedad civil, y lograron obtener una subcomisión de género y plantearon temas que nunca habrían estado en el acuerdo si ellas no lo hubieran hecho.

Creo que Colombia sentó un precedente y hay temas ahora que van a estar en el acuerdo de paz que no habrían estado ahí de otra manera.

Eso cambia vidas. Los acuerdos de paz cambian la vida de todos, y muchas veces las mujeres son dejadas por fuera de estos, ellas muchas veces no se ven reflejadas en los acuerdos.

En este acuerdo sí hay un lugar para las mujeres rurales, las campesinas, las mujeres indígenas... Y las mujeres colombianas deberían ser elogiadas por haber logrado esto en una forma que muchos otros no lo han hecho.

DV: ¿Es cierto que con las desmovilizaciones, la violencia de género incrementa?

MM:Mi investigación diría que no es tan simple como eso, que había violencia de género antes, durante y después. Estos hombres no empezaron a usar la violencia en el conflicto, eran violentos, abusivos y sus actitudes persistentes, pero se salían con la suya porque el conflicto llevaba a la seguridad y a la justicia a atender otros temas.

Después de que los acuerdos se firman la gente piensa que la violencia doméstica crece, pero mi investigación diría que ese no es el caso, es simplemente que la policía ahora responde de una forma en la que no lo había hecho antes.

Los médicos ahora pueden atender de una manera en la que no lo habían hecho. Los profesionales de la salud ahora lo ven, porque ahora están entrenados, porque volvemos a una sociedad normal. Entonces las mujeres buscan ayuda de una forma en la que antes no habían podido, y eso es lo que incrementa los números.

DV: ¿Pero los hombres no se vuelven más violentos?

MM:Aunque también podría ser el caso que los hombres que vuelven de las selvas o del frente de batalla tan perturbados y tan abusados que empiezan a abusar de las mujeres, estos casos no son la mayoría.

La mayoría de los abusadores han estado haciéndolo mucho tiempo, pero contaban con muchas excusas para no ser atrapados durante el conflicto. Después de repente todo cambia, y las mujeres hablan del tema, le ponen nombre, y culpan a algunos de los hombres que lo hicieron, los denuncian y ellos son enjuiciados y todo esto se convierte en nuevas cifras.

Por eso creo que debemos ser cuidadosos en decir que la guerra frena en una forma y empieza en otra, creo que es solo una continuación de individuos muy agresivos y abusivos que están ahora teniendo que responder como antes nunca lo hicieron.

DV: En su experiencia, ¿cómo debe la justicia transicional manejar los crímenes contra las mujeres?

MM:La palabra justicia es la palabra más importante ahí. Y a menudo hay mujeres que nunca viven esa transición.

La lista de ítems de la agenda nunca incluía justicia con perspectiva género, pero ahora lo hace. La justicia en temas de género era “la silla vacía” en estos espacios.

Para eso se necesita que se mueva la base de los movimientos de mujeres, pero también se necesitan lideresas, bien sea en la esfera política o en la comunidad internacional para apoyar, y que haya solidaridad de ambos.

Es eso lo que convierte a éste en un tema importante en el contexto de la justicia transicional. Ahora bien, estoy encantada de decir que la justicia transicional no era muy específica en temas de género, pero ahora estamos hablando sobre incluir esas violaciones a los derechos humanos enfocadas en género como parte de los hechos de no repetición.

Porque se puede retroceder muy fácilmente, y todo el punto de la justicia transicional es de hacer reformas para que no haya repetición de ningún tipo de violencia, y eso es por lo que resulta tan importante.

DV: Tengo una pregunta específica en este asunto, ¿cómo debe la justicia transicional manejar la situación de mujeres excombatientes que fueron perpetradoras pero también víctimas en el conflicto?

MM:El tema de la reintegración es realmente importante, y creo que las mujeres excombatientes deben ser tratadas de manera diferente a los hombres combatientes.

Ellas han experimentado un modo de vida completamente diferente y ellas necesitan tener mucha asesoría.

Han experimentado traumas, algunas han sido secuestradas, algunas se hicieron combatientes contra su voluntad, y algunas voluntariamente, entonces hay que hacer una distinción incluso entre esos tipos de combatientes.

Cuando hay un cese al fuego, ellas pueden perderse mientras que hay mucha atención a los grupos armados en conjunto y a los hombres.

A las mujeres se les dice que esperen, que se atenderán sus necesidades específicas luego. Pero ellas deben ser priorizadas, porque nadie más va a hablar por ellas, y ellas pueden experimentar mucho resentimiento, mucha amargura, y pueden preguntarse ¿para qué era este acuerdo de paz si no era para incluirme? Por eso la inclusión de las mujeres combatientes es realmente importante y debe hacerse rápidamente.

DV: ¿Cómo lo ve en Colombia?

MM:Me preocupa mucho que en Colombia podría tomar mucho tiempo. Podría no haber suficientes recursos y ciertamente las mujeres pobres son las que van a perder más, y sus hijos. Así que todo eso debería tener una unidad especial y debería tener profesionales especializados que entiendan las necesidades de las mujeres, diferenciadas de las necesidades de los hombres. Esto no es ciencia espacial.

DV: Y aun así, no hay mucha gente que lo entienda y lo asuma seriamente...

MM:Es cierto, pero tenemos esto en otros conflictos. Yo he trabajado en conflictos en países africanos y he visto por mí misma que esas mujeres han sido dejadas atrás. Hay mucha estigmatización hacia ellas. Más hacia mujeres combatientes y sus hijos, y ellas no son siempre bienvenidas de vuelta en la comunidad en la forma en la que los hombres son bienvenidos.

DV: Claro, de alguna manera a los hombres se les justifica porque son hombres y su rol natural era combatir y luchar

MM: Exacto, se asume que ellos “no tenían alternativa” pero a las mujeres se les cuestiona “¿por qué se involucraron?”.

Y creo que esto particularmente pasará en Colombia.

Colombia tiene el más grande grupo de mujeres combatientes en el mundo, entonces es un asunto específico que el país tiene que tratar exitosamente. Hay otros países que estarán viendo cómo lo hizo.

DV: La etapa de postacuerdo requerirá muchas reformas políticas para poner lo acordado en práctica ¿Cómo podemos capitalizar estas reformas para mejorar los derechos políticos de las mujeres?

MM: Bueno, primero, poniendo a las mujeres en posiciones clave. No debe haber nunca un cuerpo colegiado o un comité o comisión que no tenga mujeres, y no se trata solo de una mujer, sino de todo un grupo de mujeres que puedan apoyarse entre ellas.

Debe haber al menos un 40 por ciento de mujeres, porque ahora sabemos que es una masa crítica de mujeres la que hace la diferencia en estos cuerpos de toma de decisiones.

Sus acuerdos hablan de participación pública de las mujeres en el futuro. Entonces una transformación debe incluir el rol de las mujeres en estas posiciones de alto nivel, no sólo hombres, de otra manera no será una transformación.

DV: ¿Cómo lograr que eso sea efectivo?

MM: El monitoreo es muy importante. Un acuerdo de paz está en el papel, pero contiene aspiraciones y promesas.

Debe haber garantías de cumplirlos o alcanzarlos: se necesitan cronogramas, metas, e indicadores de cumplimiento. Y preguntar quién se está encargando de esto, y designar a individuos que asuman estas responsabilidades.

Se necesita vigilancia, recursos, y el trabajo más duro empieza ahora. Y muchas veces cuando los recursos son escasos es a las mujeres a las que se les envía al último lugar en la lista de prioridades, y eso no es justo y no es legal.

Entonces sugiero que si quieren una paz sostenible, pongan atención a lo que va a pasar a las mujeres. Particularmente a aquellas que, repito, han sufrido tantas violaciones.

DV: El próximo domingo tendremos las votaciones al plebiscito, dada la influencia que las mujeres tienen en sus familias, ¿cuál rol cree que ellas deberían jugar en relación con este proceso?

MM: Las mujeres saben sobre compromisos y adaptación. Lo hacemos todos los días de nuestra vida, lo hacemos en nuestros propios hogares para mantener la paz, lo hacemos entre nuestros hijos, entre los miembros de nuestra familia.

Entonces debemos recordarle a la gente que tenemos experiencia en hacer acuerdos, y hacer acuerdos significa que te pones en los zapatos del otro además de los tuyos propios, entiendes sus necesidades y no les das todo, pero tienes que dar algo.

A las mujeres se les pedirá que digan qué no les gusta así como qué les gusta en este acuerdo.

Las mujeres son creativas, toman riesgos, piensan por fuera del molde. Deben ir a votar. En el Norte de Irlanda las mujeres tendían a quedarse en su casa, porque odiaban a los políticos y pensaban que eran inútiles y no hacían ninguna diferencia, ¡no lo hagan!

Vayan a votar, su voto cuenta. Mujeres murieron por tener ese derecho al voto, recuerden eso. Se necesitan sus votos para hacer esto posible, así que si las mujeres van a las urnas, creo que ustedes tendrán un apoyo abrumador para esto.

Si se quedan en casa, el resto del mundo juzgará a Colombia muy severamente, porque necesitan lograrlo, ya ha habido muchos fracasos y es tiempo de que el mundo se levante y diga “bien por Colombia, hicieron lo correcto”. Así que creo que las mujeres creen en esto más que nadie, y son realmente muy fuertes aquí.

Me encantaría que las mujeres puedan decir a sus hijos y a sus nietos “yo estuve ahí y luche por ese voto y luche por hacer que el acuerdo de paz funcionara” y creo que si lo hacen el resto del mundo tomará a Colombia como un ejemplo.

DV: Para terminar ¿podría decirnos una lección aprendida, desde la perspectiva de género, del proceso Irlandés que podría servir para el caso colombiano?

MM:Hay muchas buenas lecciones y muchos errores. El error es que nosotros retrocedimos después del acuerdo porque los políticos nos dijeron “ahora pueden dejarnos, ya tuvimos el sí, ya tuvimos el acuerdo, vamos a preparar todo ahora y no necesitamos más ese activismo”. Entonces mi consejo sería que las mujeres en Colombia se mantengan activas, se aseguren de que la sociedad civil todavía tenga un rol, que se involucren en política, se conviertan en lideresas políticas, se conviertan en lideresas incluso en las unidades que se encargarán de las violaciones de derechos humanos.

Este es su momento y está en marcha, no dejen que nadie les diga que deben regresar a la sombra, porque eso es lo que puede pasar. Pasó en Nicaragua, pasó en Vietnam, pasó en Irlanda del Norte. Necesitan seguir fuertes y moviéndose en todos los frentes.

Estoy muy satisfecha de escuchar que el movimiento de un millón de mujeres en Colombia basó su acción en lo que hemos hecho en la coalición de mujeres de Irlanda del Norte. Así aprendemos las unas de las otras, y no tengo duda de que las mujeres colombianas estarán yendo a el Medio Oriente, a países africanos y a todo el mundo explicando lo que hicieron aquí.

Espero que ese sea el caso, que en octubre 2 la gente no vea sus sueños defraudados, hay mucha gente enfocada en los miedos y necesitamos enfocarnos en nuestras esperanzas y creer en nosotros y creo que las mujeres marcarán la diferencia.

Tomado de lasillavacia.com

Por Jaime Soto Palma

Sin título 1
Hoy mientras el mundo se quiebra en grandes guerras civiles; Irak, Siria, Yemen y Libia, y la amenaza de confrontaciones regionales (India-Paquistán, EEUU- Rusia, Irán-Israel, Corea del Norte-Corea del Sur, China-Vietnam-Filipinas-Taiwán-Brunei-Malasia, etc.), nos acercan cada vez más al peligro de una tercera guerra mundial y, aumenta sin ningún control el poder armamentista y nuclear de las grandes superpotencias así como sus ambiciones de dominación, este mismo mundo, tal como lo conocemos, fija su atención por lo que está pasando en Colombia. Pero no por haberse llegado a unos acuerdos entre la guerrilla de las FARC y el Gobierno Nacional para poner fin a un conflicto que lleva más de 50 años y que ha dejado más de 7 millones de víctimas, según la Unidad de Atención y Reparación a las Victimas, sino por cómo la paz, simplemente la paz que para cualquier país haría parte de su sentido común, ha dividido a los colombianos antes de unirlos. No hay duda que para una parte del mundo somos un Estado fallido y un país sin esperanzas, de cafres por decir lo menos.

Hasta ahora ningún proceso de paz en el mundo ha sido perfecto; pero aquí lo intentamos. Fueron cuatro años de intenso trabajo de los equipos negociadores donde se trazó en un documento un ideario para entre todos y todas construir una nueva Colombia y donde el perdón y la reconciliación, fue su fundamento. Que viva la paz.



plebiscito 1

Por: Ruben Zapata, periódico El Colectivo

Evidentemente el acuerdo logrado en las negociaciones hacia la paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC es imperfecto, como lo sería cualquier otro de esta naturaleza. Se trata de una negociación entre dos actores que se han confrontado durante muchísimos años, justamente por la incapacidad de reconocer y legitimar al otro. No es directamente la instauración de la paz, pues esta se construye en un proceso en el que se involucre toda la sociedad, partiendo de mejores condiciones para la organización y participación de los sectores populares. Eso es justamente lo que busca el acuerdo y por eso hay que votar sí.

Es cierto que el plebiscito no es el mejor mecanismo para convocar una participación real de todos los sectores. Pero no por las razones que esgrimen los uribistas cuando impulsan la campaña por el no. Ellos fueron los únicos invitados, casi con ruegos, para que participaran en el proceso, acaso temiendo su capacidad e intención desestabilizadora.

El uribismo no quiere un acuerdo con la insurgencia porque no reconoce en ella a un interlocutor político y, por lo tanto, no está dispuesto a reconocer ninguna de las demandas históricas por las que ese grupo se alzó en armas. La única solución que concibe, no al conflicto social y armado, porque según él no existe, sino al terrorismo, es exterminar a la insurgencia o encerrarla en las cárceles.

Por eso sus argumentos para invitar a votar por el no son más contra el sí que por el no, en realidad no presentan una alternativa sino una simple negación de que la paz pueda lograrse por la vía negociada. Y estos “argumentos” los lanzan como rumores irresponsables sin coherencia ni sustento alguno: que en los acuerdos el gobierno le está entregando el país a las FARC, que Timochenko es prácticamente el autor de una nueva Constitución y será el próximo presidente de Colombia, que ahora sí el país se lo tomó el castrochavismo. Ni siquiera vale la pena discutir estos chismes, por fantasiosos y alejados de la realidad. El problema es que de tanto repetirlos en los medios masivos y en las calles están haciendo mella en muchos colombianos que todo el tiempo han esperado que les digan por quién votar y no por qué.

Los argumentos que tocan directamente algunos puntos de los acuerdos son cínicos y descarados. Por ejemplo, que los miembros de las FARC, siendo ésta según el uribismo la más grande organización “narcoterrorista” del mundo, no vayan a pagar un día de cárcel ni puedan ser extraditados. Mientras que, según Uribe, en su gobierno los paramilitares que cometieron delitos importantes pagaron cárcel y quienes siguieron delinquiendo fueron extraditados. Ese es un argumento falaz que hoy desmienten los mismos paramilitares.

En una entrevista reciente con la W Radio, Rodrigo Pérez Alzate, antes conocido como el comandante Julián Bolívar, reconoce que la primera ley que el gobierno de Uribe presentó al Congreso para definir el marco jurídico para la desmovilización de los paramilitares, contemplaba que las condenas las pagaran en granjas agrícolas, trabajando y capacitándose. También reconoce un acuerdo con el alto comisionado para la paz para que los jefes paramilitares “jamás” fueran extraditados. La ley de alternatividad penal no fue aprobada en el Congreso y en su remplazo se aprobó la ley de justicia y paz, que definió un tiempo máximo de ocho años de cárcel para los paramilitares que confesaran crímenes atroces. Y al final, Uribe sorprendió con la extradición de varios jefes, justo en el momento en que empezaban a contarle al país las atrocidades cometidas y a delatar a los políticos, militares y empresarios que los habían financiado y patrocinados.

El otro aspecto en el que el uribismo recala para rechazar los acuerdos es lo que tiene que ver con la participación política de los exguerrilleros, pues le parece oneroso interlocutar en igualdad de condiciones con “bandidos y asesinos”. Lo más cínico es la desmemoria planificada de la que hace gala. Se le olvida, por ejemplo, que cuando Mancuso habló ante el Congreso, en medio del proceso de negociaciones de los paramilitares, reveló que casi 33% de congresistas eran cuota de las autodefensas, y aseguró que la iban a multiplicar cuando pudieran hacer política abiertamente. Porque efectivamente el primer proyecto presentado por el presidente Uribe contemplaba la participación política de los paramilitares desmovilizados. La Corte Constitucional tumbó aquella pretensión y la Corte Suprema de Justicia destapó el escándalo de la parapolítica, que involucraba sobre todo a miembros de la bancada uribista. El presidente Uribe lo que hizo fue pedirle a sus congresistas que se apresuraran a votar sus proyectos antes de que les notificaran la condena.

Uribe, desde luego, no es un desmemoriado, simplemente confía en la desmemoria del pueblo; además conoce y aplica bien el principio del jefe de propaganda de Hitler, según el cual, una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad incuestionable.

Justo por eso no es suficiente demostrar la incoherencia política y deshonestidad de los uribistas para rechazar los acuerdos. Y también porque en política las cosas pueden cambiar de un día para otro, máxime cuando el contrincante hace gala de tanto cinismo y ha dado muestras históricas de recurrir a cualquier estrategia, legal o ilegal, honesta o deshonesta, para imponer sus intereses y en esta campaña por el no parecen más bien interesados en el despegue de una campaña presidencial para el 2018. De hecho, aseguran que si llegara a ganar el sí en este plebiscito, ellos recompondrán las cosas en el 2018, cuando ganen la presidencia.

Eso en lo que tiene que ver con la oposición de la ultraderecha de este país frente a los acuerdos de paz, lo cual es una reacción apenas lógica. Pero también resulta preocupante que algunas organizaciones sociales y populares estén contemplando la posibilidad de no votar el plebiscito o votar por el no, bajo el argumento de que en este acuerdo no se logran transformaciones estructurales, que las FARC prácticamente cedieron en todo solo a cambio de su participación en política, como si este no fuera un logro suficientemente importante no solo para las FARC sino para todo el país.

Hay que resaltar que los acuerdos tienen el mérito de quitarle intensidad a la guerra y abrir espacios para las transformaciones sociales en otros escenarios y mediante otros mecanismos. Eso es un argumento suficiente para votar por el sí. Pero, además, resulta paradójica la actitud de oponerse, desde la comodidad de las ciudades, a unos acuerdos que ponen fin a la confrontación armada que por más de medio siglo han dejado millones de víctimas, en su mayoría campesinos civiles. Si pensáramos en lo que significa el fin de los combates y todo lo relacionado con la guerra para las comunidades que habitan los territorios más afectados por la confrontación armada, no podríamos albergar ninguna duda sobre nuestro voto. Además, no es humanitario pedirle a otros que se hagan matar por nuestros ideales de sociedad, con el argumento de que las negociaciones no promueven grandes transformacionesa.

En la implementación de los acuerdos se juega de nuevo la participación de la ciudadanía y la presión sobre las instituciones para abrir el camino a una paz que implique a los territorios e impacte la cotidianidad de las comunidades. Habrá que esperar el desarrollo de las negociaciones con el ELN, que ojalá logren para la sociedad avances en algunos aspectos que no se dieron en las negociaciones con las FARC, sobre todo en lo atinente a la participación de la sociedad civil y la búsqueda concreta de transformaciones en la estructura económica, social y política del país. Con toda seguridad será también un acuerdo imperfecto, pero de él podrá salir otra ruta de acción para construir una sociedad en paz, con justicia social y ambiental, y con espacios efectivos para la solidaridad como fundamento de los vínculos sociales.

Lo demás es hacerle el juego al uribismo, que busca mantener la guerra porque en ella ha amasado sus grandes fortunas y con el discurso que la sostiene se ha hecho a buena parte del poder político. La guerra es el manto que los envuelve y los mantiene impunes a pesar de todo el dolor, la desigualdad y odio que han sembrado en nuestro país. Para entenderlo solo hay que pensar en las alternativas que ofrece si llega a ganar el no (y posiblemente aunque gane el sí): en la voz de la señora Cabal, una de sus representantes más "ilustres"



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