El velorio de Democracia



Por: Ferney Silva Idrobo
Fecha: 30 de septiembre de 2018

Su trauma la había llevado hasta la silla, esperar no era una de sus virtudes, pero, ¿acaso semejante muerte no valía la pena?

Mientras tomaban tinto y los anaqueles en el fondo de la sala despeñaban retratos que traían buenos momentos y recordaban la existencia de cámaras con rollos que no aceptaban retoques como las de hoy, algunas fotos se encargaban de revelar con su color amarillo que la sonrisa y los tiempos eran viejos, tal vez más antiguos que la esperanza y el egoísmo.

En los rincones de dicho salón, se intentaban agrupar amigos y enemigos, no cabía duda que todos hablaban bien de ella; los corrillos se empezaron a formar, no por orden de estatura, ni de color de piel, tampoco por su religión, ni siquiera por su origen económico, lo cual ya era mucho decir. Lo hicieron y se buscaron de forma automática a modo de chip, esos que por GPS ubican la posición con coordenadas exactas y hasta con fotografía satelital; solo era cuestión de una mirada y como el imán al metal se empezaban a juntar.

Seguía en la silla, observando con tranquilidad.

Unos reían de manera prudente, otros lo disimulaban; aunque todos entraban al salón obligando su rostro a pintar rasgos de tristeza; una vez entraban en confianza sus caras iban retomando su estado ordinario, sus voces olvidaban que no se podía reír o hablar en tono muy alto, al menos las costumbres así lo habían señalado los últimos 200 años.

Se amontonaban no por su empatía, ni se alejaban por las enemistades de antaño, era algo diferente, advertir amigos y enemigos, victoriosos y vencidos, mezclados como salpicón de frutas - la cuchara no discrimina, todo se va junto y termina en la boca para ser masticado - era la escena de un evento circense.

En su gran mayoría, no existía un sentimiento de verdadero dolor, ni asomo de solidaridad o pesar, su presencia en casi todos, era producto del compromiso social que condicionaba sus ambiciones futuras y que encontraban en ese espacio lóbrego, la oportunidad de encontrarse al diablo para aliarse con él.

Había Liberales de derecha, liberales de centro, también liberales verdes...solo faltaban los liberales.

Estar muerto no es lo mismo que existir, al menos era obvia esa reflexión, pero por si las moscas, la entierran con un silbato y una campana, por si la “difunda” estuviese viva no dudara en llamar y el sonido en avisar que el vivo ya no es difunto.

La no viva, como quieren llamarla ahora, se mece sobre la silla, esperando con paciencia que la herida no la mate dos veces. Aunque no la ven, escucha y cree que en su velorio nadie fue por ella; fueron por pan de mollete, tinto bien oscuro y la promesa del poder.

La señora que los abastece, la ve, la mira de reojo y le pasa un café; tomar ya no puede, porque a las ánimas eso las trasnocha. La reconforta y le dice - a los azules les sucede lo mismo, no se preocupe que usted no es la única con problemas de identidad, más bien cuando la entierren, y, si sopla fuerte y mueve la campana, estará viva, sino, solo la seguiré viendo yo.

Cada día más ciudadanos toman decisiones por lo que representa la persona, ésa es su garantía. Los partidos han perdido la identidad, al igual que la difunda Democracia, debemos regalarles pito y campana para saber si aún están vivos.



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