confesión


Por: Ferney Silva Idrobo

Mientras camina hacia el confesionario, observa el deterioro de las bancas, espumas brotan del roto en los reclinatorios, su mirada recorre cada loza del piso, que a pesar de sus 100 años, brillan y revelan el bailoteo de las llamas de los cirios que iluminan el rostro del santísimo. En su recorrido se encuentra a dos jóvenes, que tratan de no ser vistas y se atrincheran en los espaldares de los asientos de adelante, concentradas en sus teléfonos luminosos.

Sus pasos se deslizan en silencio por la capilla, a la vez que los rosarios de dos señoras se columpian en sus manos y las viejas almohadillas soportan las rodillas; recordaba que siempre estaban en primera fila, se le hacía familiar y conocida la escena, porque reconocía en ellas, sus posturas y vestidos. Como en una obra de suspenso, quiso contemplar sus rostros, pero el velo oscuro y bordado que cubrían la totalidad de su cara se lo impidió los últimos cinco años, tiempo en que frecuentaba el templo.

Repasaba sus pecados antes de llegar al confesionario, se alentaba recordando sus buenas obras, cada vez que se acercaba, sus caritativas acciones crecían como la espuma de la cerveza que había tomado minutos previos de entrar a la iglesia.

Al apreciar el confesionario vacío, pero, seguro que el sacerdote estaba allí - además la sombra a través de la cortina de color purpura lo delataban - apresuró su paso para que no fueran a rebatarle el turno y la oportunidad de cumplir y salir sin apremio de la tarea que desde la infancia su madre le había inculcado. La verdad, no creo que lo hiciera con fé, aun así, se sentía más liviano cuando hacia ese ejercicio inspirando por su progenitora.

Mientras se arrodilla, recuerda la recomendación del alcalde de entregar el dinero para que aprueben el proyecto de acuerdo, de los bonos extras que debía darles por la elección del personero. Ese lapsus entre el pecado y el perdón, fue despertado por la voz del cura, donde solo escucho las palabras “..a que has venido”, aunque iba todos los días a solicitar la redención de sus pecados, su descarga de faltas de las últimas 24 horas, según él, no eran muchas, además tenía la consigna de no dejar acumularlas, y más bien pagar en pequeñas cuotas diarias sus yerros.

Salieron los pecados mansos, esos inofensivos que no están regulados por el código de policía y no necesitan bozal, que parece un ramillete de flores reclamando el perdón por su belleza; encadenados quedaban con los más altos niveles de seguridad, los monstruos engendrados por tantos años, a los que reusaba aceptar, pero que carcomían su hígado y serenidad; cuando su memoria los trataba de traer, cambiaba el canal y aumentaba el sonido del nuevo programa, así su conciencia no lograría escuchar.

Entre el murmullo del cura, recuerda que tiene que engavetar las investigaciones del hurto del hospital, la de los desayunos escolares y las de las obras inconclusas y perseguir al señalado; prefiriendo no recordar la cara de niños enfermos y con hambre, también se acuerda que debe recoger el dinero de los contratistas para llevarlo al abogado y a su vez lo entregue este al juez.... El padre termina “ve con Dios”.

No recuerda finalmente cual es la penitencia, sale velozmente de la iglesia con el deber cumplido, se encuentra a un cuadripléjico - producto de una atención tardía - en la puerta, le entrega una moneda, quien responde “gracias Contralor usted generoso como buen cristiano”.




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