Los tesoros hispanos siempre terminan en EEUU.

corona de los andes
La joya más antigua, grande y valiosa de la historia de Hispanoamérica, la Corona de los Andes, ha realizado un largo viaje desde Colombia hasta Estados Unidos. Durante su camino esta sagrada reliquia católica encontró el reconocimiento, la fé, las tradiciones, el dinero y las promesas incumplidas.

La historia es larga y está llena de datos contradictorios. Empieza en el año 1592 cuando el excelentísimo obispo de Popayán dio la orden de crear una corona como regalo a Nuestra Señora de la Asunción por el milagro de desviar la mortal peste de viruela que amenazaba a los habitantes de la localidad. La corona debía exceder en belleza y fastuosidad a la de cualquier monarca, simbolizando la superioridad de lo espiritual sobre lo temporal.

En 1593 comenzó la recolecta de donaciones para elaborar la espléndida corona. Los joyeros utilizaron el oro y las esmeraldas colombianas regaladas por los indígenas que habitaban en Popayán y que se sentían agradecidos y endeudados con la Reina de los Cielos. La esmeralda más grande de 45 quilates que perteneció al emperador inca, Atahualpa, fue incrustada a la corona solo 50 años más tarde del ataque de Francisco Pizarro al gobierno local en el año 1532.

La corona era de 34,3 centímetros de alto, 33,7 centímetros de diámetro y cinco libras y media de oro de 20 quilates y 1.500 quilates de esmeraldas.

La fama de la corona se difundió muy rápido por lo que pronto piratas y buscadores de tesoro estaban tras ella. En 1650 los piratas ingleses se apoderaron de la Corona de los Andes, pero los españoles lograron recuperarla tras tres días de combates encarnizados. En 1812 el libertador venezolano Simón Bolívar tomó la corona, para devolverla más tarde a la catedral de Popayán.

La corona fue posteriormente desmontada y armada solo una vez al año para la festividad. La custodia de los fragmentos se encargó durante muchos años a los mayordomos de la cofradía. Custodiar la corona era un honor, reconocimiento a la religiosidad y honradez. Pero no es fácil luchar contra la codicia y la sed del oro. Después de haber pasado por más de 15 prístinas familias de cofrades, una familia decidió vender la corona.

La cofradía empezó a gestionar la venta en 1914 autorizada por el secretario del pontífice Pío XII, con el pretexto de construir un hospital y un asilo. Por fin encontraron al comprador: el zar ruso Nicolás II. Sin embargo, los acontecimientos de 1917 impidieron la compra.

Solo 20 años más tarde el negociante de joyas Warren J. Piper compró la corona por 125.000 dólares. Ante los fallos jurídicos y rumores payaneses, los abogados recuperaron algún dinero que se utilizó para terminar la construcción del Palacio Arzobispal. El hospital y el asilo para ancianos nunca fueron construidos.

Luego de su larga travesía, la famosa corona fue subastada en Sotheby´s.


La empresa “General Motors” pidió prestada la corona en el año 1937 para un show de nuevos modelos de coches de Chevrolet en Detroit. Durante una semana la corona atrajo a unos 225.000 visitantes, ¡la mitad de la población de Detroit! Además, la Corona fue expuesta en la feria Mundial de Nueva York en 1939 y en el museo Real de Ontario en 1959.

Popayán, donde fue elaborada esta famosa corona, ha sufrido y sobrevivido siete terremotos en tres siglos. Las iglesias de la ciudad han sido destruidas y reconstruidas varias veces, incluida la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción.

Mientras tanto, la fastuosa corona, la joya más valiosa y sagrada de Popayán y del Nuevo Reino de Granada, se encuentra lejos de su patria, en la galería 357 del Museo metropolitano de arte de Nueva York (MET).

El Gobierno ha permanecido callado, no ha hecho ni una publicación sobre la reaparición de este valioso tesoro cultural, que ha sobrevivido intacto durante 416 años y que fue elaborado para la Reina del Cielo.

Por mundo.sputniknews.com


pORTADA OCTUBRE 2017
© 2014 Enlace Regional. Todos los Derechos Reservados.
Powered by: