Por Jaime Soto Palma

Un fiscal de esos mediocres que sobreabundan en la rama judicial calificó un feminicidio como un homicidio simple después de haber llegado a un preacuerdo con el asesino.


Dayra Ximena Martinez
A sus 23 años y como casi todas las muchachas a su edad Dayra era una mujer alegre, divertida y romántica, y la mayor de dos hermanos por los que nunca dejó de preocuparse. Estudió la primaria en la escuela La Milagrosa y el bachillerato en la Institución Educativa Fernández Guerra de la que siempre dijo, guardaba y cultivaba en la memoria los más bellos recuerdos, nunca olvidó a sus amigas. Quiso estudiar en la universidad pero no pudo, por lo que hizo una tecnología que le abrió las puertas para ingresar como operaria en una empresa de la zona industrial de su ciudad natal, Santander de Quilichao. Dayra soñaba, era soñadora; en casarse, ser madre, tener una casa y pagar una deuda con el ICETEX, cantante y médica, quizás, o con algo parecido. De sonrisa constante, se gozó la vida, si, hasta que fue asesinada en la madrugada del 27 de septiembre 2015.

Su cuerpo fue encontrado abandonado en una zanja localizada en la vía que de Santander de Quilichao conduce al antiguo CIAT, muy cerca de la vía Panamericana. Según medicina legal la causa de su deceso obedeció a asfixia mecánica, es decir, por estrangulamiento. Según su asesino, con sus dos manos.
Personas muy cercanas a ella cuentan que, ese sábado 26 de septiembre Dayra llegó muy alegre, como siempre, a su casa después de cumplir con su turno de trabajo; de 2 a 10 de la noche. Qué se organizó y salió luego en dirección a una fiesta que ella misma había ayudado a organizar para jugar al amigo secreto con sus compañeros y compañeras. Y hasta allí, sin darse cuenta su asesino la siguió.

Esa noche Dayra lucia radiante, con unos jeans ajustados al cuerpo y un buzo negro de manga larga. Cantó y acompañó melodías con un bongó, y también hizo coro en algunas canciones. Pasadas las tres de la madrugada y a punto de terminar la fiesta dos hombres en dos motos aparecieron, uno era su asesino; su expareja, y el otro un acompañante. Daira en principio no quería recibirlo, había rabia en ella y prevención, hasta que arrastrada por el temor a un escándalo en el que podrían verse envueltos algunos amigos decidió salir del lugar para dialogar con él. Para suavizarlo. Este, según cuentan, le recriminó por no haberlo llevado y le reclamó, además, por estar a esas horas de la noche por fuera de la casa. Sin duda, le hizo ver los peligros... aunque no la convenció.

Los seguimientos de su expareja, su asesino, eran permanentes y Dayra lo sabía, y también las amenazas, y sus arranques por ejercer dominio y control sobre ella, y ni que decir de sus celos; él se creía dueño de ella, de su cuerpo y de sus sueños. Sin embargo, Dayra nunca creyó que este fuera capaz hacerle daño por lo que no lo denunció. Además, todavía estaban frescos los detalles, su ternura, las cartas y hasta sus promesas de amor.

Dayra después de dialogar con su expareja apareció muerta. Se dejó convencer de que la llevaría “sana y salva a su casa”. Hacía tres meses habían terminado.

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Este es un típico asesinato de género, un feminicidio, pero un fiscal mediocre de esos que abundan en el sistema judicial lo calificó como un homicidio simple. Tampoco investigó. Al asesino le esperan seis años de cárcel, si a mucho, y en dos estará libre. Este fue el acuerdo. Que injusticia.

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Apostilla
Artículo 2 de la Ley 1761 de Feminicidio. Quien causare la muerte a una mujer, por su condición de ser mujer o por motivos de su identidad de género incurrirá en prisión de 20 a 40 años, y si hay agravantes como en este caso la pena será de 40 a 50 años.



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