La voz de los negros, de los indios, de los pobres y de las víctimas de la violencia

Monseñor Héctor Epalza 2


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Monseñor Héctor Epalza El cura que puso a Buenaventura en el radar del Papa Francisco. Monseñor Héctor Epalza de niño quería ser militar. “Mire como el Señor me cambió la cosa, donde terminé. Cuando niño yo era tan tremendo. Cambiaba una oración que me rezaba mi abuela diciendo ‘llama a los demás pero no me llames a mí’ y vea: fruto de mi invento y de mi petición, no solo resulté sacerdote sino obispo”, dice mientras sonríe en su oficina junto a la catedral.

Ese niño tremendo que nació en Convención, Norte de Santander, y que a los 14 años llegó a Cali a estudiar en el seminario mayor, se convirtió en la voz de Buenaventura. La voz de los negros, de los indios, de los pobres, de las víctimas de una violencia que desde hace décadas parece haberse enquistado en el principal puerto del país. Una voz pausada pero fuerte. Un hombre de 1,60 de estatura pero un gigante de valor.

Y el hombre modelo 40, cómo dice él, cumplió en agosto pasado los 50 años como sacerdote. En Buenaventura, la ciudad a la que llegó hace once años, le organizaron un homenaje para agradecerle su trabajo social. No era para menos, por primera vez un cura del puerto había sido exaltado por un papa. Desde Roma, Francisco, el papa revolucionario, como muchos le han llamado, envió una carta en la que felicitó al obispo por su valentía y trabajo con los desamparados y las víctimas.

Epalza se ha convertido en la voz de los habitantes de una de las ciudades más golpeadas por la guerra y la pobreza. Una ciudad en la que, solo en la última década, han asesinado a 1.901 colombianos, han desaparecido a 475 personas y desplazado a 152 mil...

Una ciudad que tiene nueve ríos y no tiene agua potable las 24 horas. Una ciudad en la que “Ha hecho carrera la más cruel de las modalidades de asesinato: la desmembración, la descuartización de gente a todas horas, de día y de noche. Una ciudad donde los indicadores sociales siguen estando entre los peores del país. Cifras oficiales registran que el cubrimiento de las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) desde hace varios años se estancó en un 35%. El 80 por ciento de sus 350.000 habitantes viven en la pobreza y el 43 por ciento en la miseria. El desempleo ronda el 64%. “Creo que el nivel de pobreza de Buenaventura es como el del Congo y que no se pueden tener dos países en un mismo país”, dijo, Todd Howland, delegado de las ONU en Colombia en el 2016.

Allí, en su oficina junto a la catedral o cuando realiza sus visitas semanales a las parroquias de la ciudad (tiene 21), es rodeado por hombres, mujeres y niños. Unos lo abrazan, otros buscan consuelo. Y así se entera de esa realidad de muertos, desaparecidos y extorsionados. Todos los días celebra una misa en la catedral San Buenaventura y desde el púlpito denuncia los horrores de esta guerra.

En enero de 2015, en el aniversario de la muerte del obispo monseñor Gerardo Valencia, precursor del trabajo con las comunidades negras, Héctor Epalza alzó una vez más la voz. “La violencia todo lo destruye. Todo lo acaba. Ahora vienen las elecciones a la Alcaldía, al Concejo, a la Asamblea y a la Gobernación. Buenaventura necesita líderes comprometidos. No esos que dicen aquí vengo por lo mío. Eso no es servir al pueblo sino saquear al pueblo. Por eso les pido no vendan sus votos por dinero”, predicó.

Pero sus denuncias no las ha hecho solo desde el púlpito. Manuel Bedoya, líder de los pescadores artesanales, recuerda cómo monseñor les ha cantado la tabla a diferentes funcionarios del Gobierno, tanto nacional como local.

En uno de esos encuentros, recuerda Manuel, estaban “con la viceministra del Agua, que anunciaba la realización de varias obras para que tuviéramos agua en el plan 24×24 (en 24 meses agua las 24 horas) y monseñor se paró y le dijo: ‘Así no son las cosas, es que no nos han cumplido con los acuerdos’. Nosotros sentimos que mientras monseñor esté aquí el Gobierno va a pensar que nos tiene que respetar. El mes pasado se fue hasta el parlamento de Cataluña a denunciar los proyectos de expansión portuaria”.

“Yo soy servidor de este pueblo. Al Gobierno le ha importado es el puerto y no la ciudad, la gente ha sido un cero a la izquierda (...) Buenaventura sufre, ha sido excluida y marginada. Queremos una inclusión. Las sociedades portuarias aportan al fisco $4 billones y el Ministerio de Trabajo el año pasado le impuso a una de ellas una multa de $1600 millones por no pagarle bien a sus empleados (...) Mientras exista este perverso modelo que ha enriquecido a unos pocos, como lo dijo el Papa Francisco, la pobreza no va a disminuir. No necesitamos migajas para el obrero sino una economía solidaria”, afirmó ante un grupo de diputados de Cataluña, en España.

Manuel Bedoya dice que monseñor continuó con la obra de Gerardo Valencia, muerto hace 40 años y al que llamaron el ‘Obispo Rojo’ o ‘El Hermano Mayor’. El líder de los pescadores lo conoció y recorrió con él los ríos con programas de alfabetización. Ahora, recorre con monseñor Epalza los barrios del puerto y asisten a reuniones del Comité por la Marcha para enterrar la violencia.

En febrero del 2014, diferentes organizaciones sociales se unieron para hacer una marcha y pedirle a Colombia que pusiera sus ojos en Buenaventura. La violencia era cada vez peor. Entre el 2013 y el 2014, según un informe presentado por Human Rights Watch, se encontraron los restos desmembrados de 33 personas. Y aunque el obispo y otros líderes llevaban meses denunciado la existencia de las llamadas ‘casas de pique’ (descuartizamiento), todas las autoridades lo negaban.

“Ese es el dualismo de Buenaventura. Una realidad oficial que es una maravilla y otra realidad, real y dolorosa, que es la del miedo, de las barreras invisibles, la gente confinada, las mafias, la extorsión, el reclutamiento de los niños sicarios para las bandas y la guerrilla. Esa es una realidad que está allí. Yo digo insistentemente que la verdad es la que liberará a Buenaventura de esta situación”, denunció monseñor en el 2013.

El miedo por la violencia de los grupos armados colmó la taza de los bonaverenses. Ese 19 de febrero, una marea vestida de blanco marchó contra los muertos, contra la indiferencia de un país que los ha olvidado, de un país que solo mira al puerto, más no a la ciudad, más no a su gente. Esa marcha, liderada por Epalza, fue el inicio de un proceso de resistencia que hizo que el Gobierno enviara a sus ministros y nombrara un gerente para el Pacífico.

El obispo se ha convertido en la voz de los que no tienen voz. Su voz tiene el tono de resistencia, de la lucha por el territorio. Tan es así que, por una de sus denuncias, presentada en un consejo de seguridad con el entonces presidente Álvaro Uribe, lo amenazaron. Se paró frente al hoy senador y habló de la infiltración del crimen organizado en la Policía. Días después, un hombre llegó a la catedral y le confesó que lo pretendían matar.

Monseñor se fue 25 días de la ciudad pero decidió regresar. A él no lo iban a callar. Dijo que tenía “la claridad de que de pronto le tocaba ser un mártir. Yo creo que podemos morir las personas, pero la verdad no”.





pORTADA OCTUBRE 2017
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