Por: Ferney Silva Idrobo

Foto Ferney bannerViajó por todo el país, recorrió cada rincón, se entristeció y alegro con los sucesos de su pueblo, se enfureció ante la injusticia y la discriminación; en febrero de 1.990 solo su rostro reflejaba paz y alegría; 27 años habían pasado desde el día que tenían su cuerpo encarcelado, mermado físicamente, pero, fuerte en mente y más sabio, un grupo de amigos lo esperaban tras los muros de la prisión que dejaba. En 1994 fue el primer presidente negro de Sudáfrica, a pesar que eran mayoría.

Fuertemente influenciado por Mahatma Gandhi, decidió que la suerte de su pueblo debía ser escrita por la determinación, la justicia y la Paz; tuvo la oportunidad de ser reelegido presidente, desistió para enseñarle a su país que la democracia y el respeto por ella, estaban por encima de su vanidad.

Nelson Mandela es más que un premio nobel de Paz y una de las figuras influyentes del siglo XX, es la representación de amor, el perdón y fidelidad por sus ideas en beneficio de la gente. Falleció en su país en 2013 a los 95 años, nos dejó el precepto que todavía muchos líderes se rehúsan a aprender.

Él nos enseñó, que los pueblos deben sobreponerse a sus rencores, odios, lidiar de una vez por todas con los problemas que lo sobrecogen, ofenden y envían al abismo, desgarrando el vientre y desalmando el cuerpo; de allí vale y se debe salir.

Pero la salida no es posible sin aquellos jóvenes y profesionales que hoy habitan en las universidades, centros de estudio e investigación y que no toman partida. La educación cada vez privilegia cierto conocimiento por encima de los principios y valores que son los que contribuyen al restablecimiento del orden y la justicia en una sociedad. Porque sólo la impertinencia, riesgo y desparpajo puede jalonar los procesos sociales que requiere un país; ellos consiguen compensar el secuestro de individuos que por la necesidad originada en sus raptores, limitan la libertad del pensamiento, ofrecen grilletes a las palabras y encadenan el alma, y donde se escoge entre la senda del sometimiento o el hambre que produce el desempleo y la desesperanza.

Nuestros líderes humildes hacen parte de la cadena alimenticia política, algunos conscientes y otros por ignorancia, terminan promoviendo a sus victimarios con el único fin de subsistir un día más, una semana, talvez, unos meses con poca paz, pero, sin hambre, sin embargo surcan con premura la fosa de las generaciones que crecen con la marca de la sumisión, indiferencia y conformidad.

Algunos líderes de opinión y políticos de connotada importancia, lanzan flechas a sus opositores por presunta corrupción, pero, se sientan en reuniones a liderar procesos de lucha contra ese flagelo, con personajes que ha desangrado al departamento de la manera más descarada; al parecer la gente como la obra El Principito, viven en un mundo tan distante, que no distinguen la fantasía de la realidad.

Desearíamos creer que algunos líderes sociales y políticos, en sus adentros deben reconocer el laberinto en el cual se encuentran, provocado por sus ambiciones personales, que los lleva a tener en el pecho, mazmorras donde tienen prisionera a la dignidad.

El país debe sellar en las próximas elecciones, el tipo de sociedad que es, los elegidos nos dirán si somos cómplices de la corrupción o merecemos mejor suerte.

Reconocimiento a todos esos hombres y mujeres que por convicción y determinación, luchan por una sociedad equitativa y justa, quienes, a pesar del anonimato y la discriminación, permanecen dignos, a ellos ¡gracias!...... necesitamos ¡más! Porque aún, hay muchos que no despiertan.



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