Por: Ferney Silva Idrobo.

Ferney Silva copiaAl preguntarle a su excompañero de trabajo, si podía conseguir un arma, este le contesto que sí, su hermano tenía una que no usaba. En horas de la tarde en una cafetería en el centro de Bogotá, ubicada a pocas cuadras del edificio Agustín Nieto, se hizo la transacción por 75 pesos. Poco después la probaron con la única bala que había, disparando a la pared trasera del cementerio central.

Por ingenuidad o perturbación no se percató que necesitaba balas para el revólver, lo cual consiguió al día siguiente en un bar de mala muerte, en lo que era el “cartucho”, muy cerca al Palacio de Nariño.

Llevaba muchos años sin un trabajo estable, “Maruja” con quien tenía un hijo, lo había dejado por lo inestable de su personalidad y economía, talvez marcado por una infancia de una madre prostituta y un padre que falleció siendo aún muy pequeño.

Distanciados en kilómetros y tiempo, James E. Ray supuestamente apuntaba con un arma entre la ventana de un baño al reverendo; talvez, le pasaba por la mente su intervención en la segunda guerra mundial a favor de los Alemanes y su convicción racista. Cuando sin pensarlo, despoja el fuego de su rifle, el zumbido del viento aparece atravesando la calle, mientras quien había luchado por los derechos civiles y la igualdad de los negros, se desvanece en medio de una previa sonrisa al cruzar una bala su mejilla. El premio nobel de paz cae, en tanto aletea la libertad en el barato motel Lorraine en Memphis, Estados Unidos. Ese 4 de abril de 1968 se detuvo el aire y la brisa del Misisipí, asesinaron al hombre y su capacidad de disentir, pariendo con la muerte de Martin Luther King Jr. mejores oportunidades.

Juan Roa Sierra, fue a buscar a Maruja ese día y como no la encontró, le dejó cinco pesos para los gastos de ella y su hijo, además advertir que se iba de viaje con unos extranjeros. Él desconocía, que atrás de su decisión, el retoño del librero y la maestra, se había esforzado por adquirir el conocimiento que de joven alimentaba su capacidad de discernir y fortalecía su carácter rebelde.

Su víctima tenía ideas liberales y progresistas, que lo habían llevado a tener contradictores políticos, inclusive en su mismo partido, quienes lo catalogaban de comunista, aunque su influencia y orientación política eran nacionalista en busca de reivindicaciones sociales para trabajadores y campesinos. Era pragmático, años atrás había apoyado la coalición de la candidatura presidencial del poeta Guillermo Valencia, siendo infructuoso su aporte.

Ese día Roa, lo había esperado a unos metros de su oficina, lo distinguía; conocía el tono de su voz y mirada, sabía de su hija Gloría.

Bajaba por las gradas conversando sobre el éxito que como abogado tuvo en la defensa del teniente Cortés, al salir y recorrer unos metros, Gaitán observa que Roa se le acerca con un arma apuntándole, sus ojos brillan llenos de preguntas; empuja a su acompañante, en tanto, el destello alienta el sonido seco que recorre cada rincón de la capital para detenerse en su cuerpo, todo se vuelve oscuro, confuso y frío.

La esperanza se marchita, la policía detiene al asesino, la multitud los persigue, se guarnecen en la Droguería Granada; pero, como en la obra de Saramago, aparece el virus de la ceguera a modo de verdugo, acabando la libertad y el tiempo.

Ese 9 de abril de 1948, se abrieron las puertas del infierno que hoy tratamos de cerrar, y así, rescatar el amor y la esperanza.





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