Monjes Caucanos

Por: Ferney Silva Idrobo
En el rincón, donde se tropezaba el techo con la pared, hacía nido una minúscula araña, debía tener suficiente tiempo en esa labor, porque su red se encontraba bastante avanzada y muy elaborada.
Don Manuel tomaba café en su pocillo desportillado, mientras la araña lo miraba con ojos de incredulidad; en tanto tejía, sus pensamientos reflexionaban el mar de contradicciones, no solo por la actitud del señor, sino por las tejas de zinc que se sacudían por el viento de agosto, los orificios de la puerta de madera y el polvo que entraba a la casa sin previo aviso, que señalaban el relato de una historia marcada por las mismas decisiones de sus abuelos y los similares resultados obtenidos por él.

¿Cuál es el origen que no se produzcan cambios reales en la región, aun cuando la sociedad al igual que Don Manuel, hacen esfuerzos por renovar la dirigencia y se eligen personas de grupos políticos aparentemente disimiles?

A finales del Siglo XIX, y bajo el nacimiento de la constitución de 1886, las bases sociales y económicas del país, eran equivalentes a la de todos los países de América, inclusive a la de Estados Unidos y sus ingresos per cápita similares. Mientras nuestro gobierno buscaba perpetuar las estructuras coloniales, mantener clases privilegiadas de terratenientes y sostener una relación casi “esclavista” con el resto de la población, la nación de Abraham Lincoln generaba pluralidad e independencia entre las instituciones del estado y los particulares, forjando confianza y reglas del juego claras para la competencia empresarial.

Al igual que la araña, tuvimos periodos de gobiernos dominados por dos partidos aparentemente diferentes entre sí, pero aun así, perdimos el paso de los amigos de Norteamérica, y nos convertimos en un país del tercer mundo en menos de 50 años.

Al pasar al tema regional, el Cauca y Popayán durante 400 años fueron epicentro no solo del desarrollo económico y político del país, sino de la Gran Colombia.

La fragmentación consentida de la geografía del Gran Cauca, a comienzos del siglo XX, era la premonición de una clase dirigente que empezaba a entregar los fuertes liderazgos nacionales de nuestra región a una acomodada, que se perturbaba con el trabajo y que románticamente añoraba sus privilegios coloniales, que huérfanos de visión, no anticiparon los cambios futuros.

El Cauca, no solo fue reducida sino empobrecida, aún, con 17 presidentes egresados de nuestra Universidad y de ellos 10 Caucanos; a comienzos del siglo pasado, pasamos a convertirnos en una de las regiones con los más altos niveles de analfabetismo, su desarrollo y crecimiento económico por debajo de la media nacional, sin contar las altas tasas de desempleos entre las ciudades capitales y la de menores ingresos per cápita del país.

Algunos argumentan que el deterioro obedece a la presión indígena sobre la tierra, otros, a que nuestras tierras no son tan fértiles como las del Valle del Cauca, a la falta de una salida al mar que se convirtió en el muro de contención hacia el desarrollo. Su ubicación y quebrada geografía sirvió de refugio para grupos al margen de la ley que migraron por el cañón del Magdalena hasta llegar a la parte oriental de nuestro departamento y ocultarse de la violencia, y paradójicamente origen de la intimidación actual.

Si bien, todos estos análisis son válidos y probablemente han influido en la contracción del desarrollo de la región, pero, no se puede perder de vista la institucionalidad como factor determinante en una próxima reflexión.

La araña seguía tejiendo, mientras el pocillo empezaba asomar el concho.

Portada oct 2018
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